De medios y otros demonios
Los medios y su manejo
J. Israel Martínez Macedo
Dos hechos de 2014, aislados uno del otro, sirven de buen ejemplo para entender la relevancia de la gestión de la comunicación en la sociedad: El manejo mediático de las autodefensas al inicio de año y el de Presidencia con la crisis de los 43 desparecidos de Ayotzinapa.
Cuando hablamos de autodefensas ineludiblemente la mente nos remite a Michoacán y todo el ambiente que se vive en esa región del país, que si bien no difiere de lo que pasa en el resto del territorio nacional, destaca porque la población se cansó de los abusos de la delincuencia y se organizó para plantarle cara.
Guerrero se sumó a los anuncios de grupos armados que se declararon enemigos de la delincuencia. La diferencia con los michoacanos es básicamente que los guerrerenses no pudieron subirse a los medios, se mantuvieron en el bajo perfil y quedaron fuera de la opinión pública.
Las autodefensas michoacanas se proyectaron en los medios y a través de ellos lograron la legitimidad de su movimiento, denunciaron la colusión de los distintos niveles de gobierno con la delincuencia y posicionaron su discurso sobre la ausencia de poder.
En respuesta el gobierno envió a Alfredo Castillo quien logró la renuncia del gobernador y su gabinete, la incorporación de las autodefensas a mecanismos formales (policías comunitarias) y la detención de un par de cabecillas de Los Caballeros Templarios; aunque Servando Gómez "La Tuta" se le escurrió de entre los dedos.
Meses después miembros de la delincuencia organizada que infiltraron la poli la municipal de Ayotzinapa dispararon contra estudiantes que habían robado, previamente, un par de autobuses en Iguala.
La situación escaló de nivel, la reciente revelación en la que se denunció que una supuesta balacera en Tlatlaya, Estado de México, donde un grupo de militares habría abatido a miembros de la delincuencia organizada resultó ser un fusilamiento alcanzó el interés internacional.
Pese a ello, nadie en el gobierno federal fue consciente de que el mundo había volteado la mirada a México, se hizo exceso de confianza y ese fue el primer error de una gran serie de errores que tiene el país sumido en una imagen de alerta y angustia que ni responsables ni asesores han podido revertir.
En ambos casos podemos observar ejemplos de cómo el manejo de los medios termina por abonar a una causa o destruir una imagen, por posicionar una idea o despedazar reputaciones.
Las autodefensas, sin saberlo, tuvieron una estrategia eficiente porque, en su inocencia, enviaron mensajes repletos de verdad y congruentes con sus acciones mientras que el gobierno, a pesar de que debería saberlo, cometió el error de informar medias verdades y no tener congruencia en el discurso. Punto para los principiantes.
Twitter: @Mega_J_Israel_M
israel.martinez@milenio.com
Asesor de Comunicación y Periodismo. Columnista en Milenio Estado de México. Docente de Periodismo; Universidad del Valle de México campus Toluca. Docente de Ciencia y Tecnología, Economía y Economía y Política de México; Facultad de Ciencias de la Conducta de la Universidad Autónoma del Estado de México.
"Escribir sale del alma, los otros medios son aparatos, son máquinas"
"Escribir sale del alma, los otros medios son aparatos, son máquinas"Gabriel García Márquez
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lunes, 29 de diciembre de 2014
Los medios y su manejo / Columna
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lunes, 8 de diciembre de 2014
Y la crisis sigue / Columna
De medios y otros demonios
Y la crisis sigue
J. Israel Martínez Macedo
Llegamos a la segunda semana de diciembre y es la fecha en la que el gobierno federal no puede sacarse de encima la crisis que se generó en septiembre luego del secuestro de los 43 estudiantes de la normal de Ayotzinapa aún desaparecidos.
De todas, todas; la comunicación del gobierno ha ido perdiendo una a una las “batallas” mediáticas. Por si fuera poco, a este momento se le sumó el asunto de la llamada “Casa Blanca”, tema que tampoco logró ser controlado poniendo en el centro de la polémica a la Primera Dama del país.
Las acciones para remediar la situación han sido no menos que contraproducentes, a cada respuesta de la Presidencia aparece una objeción, en buena medida, consecuencia de una mezcla peligrosísima: la poca capacidad previsora y la falta de información relevante.
La desesperación comienza a asomar en Los Pinos, el “ya supérenlo” es muestra inequívoca de ello; más aún, lejos de asomar al fin de la crisis, el tema es llevado a lugares como la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, sitio que en otras ocasiones había logrado mantenerse en lo estrictamente cultural a pesar del furor político y que en esta edición no lo consiguió así.
Es en ese contexto que Sergio Aguayo advirtió que se vienen cuatro años “difíciles y convulsos” ante una sociedad civil que no es capaz de organizarse u optar por mecanismos de respuesta para actuar frente a un gobierno que no toma en cuenta sus reclamos.
En este escenario no es difícil de prever el debilitamiento (aún mayor) de la figura presidencial, no como resultado del contexto sino como consecuencia de la estrategia ejecutada como respuesta a los hechos de Guerrero que sirvieron como detonante y estandarte para el resto del país.
La decisión de que el mandatario no se desgaste en el tema, escondiéndolo de los reflectores y alejándolo del lugar de origen de la crisis le ha proyectado una imagen de falta de liderazgo (no solo al interior, también en el extranjero) que echó a tierra todo el trabajo de posicionamiento que —ahora se ve— habían sostenido con pinzas.
Las buenas noticias para el gobierno federal es que ya se acerca el fin de año; aparentemente, se avecinan 15 días de tregua en los que la sociedad civil se desentiende de los temas políticos y hace una pausa para disfrutar de las fiestas y convivir en familia.
Serán dos semanas en las que ambas partes deberán estar en el análisis de resultados y la toma de decisiones, unos para continuar con sus estrategias antigubernamentales y los otros con sus campañas promocionales.
En medio se anticipa un convulso proceso electoral en el que los actores no solo deberán comprender el escenario político sino que, además, tendrán que jugar con reglas e instituciones nuevas. Un 2015 que no dará espacio al aburrimiento.
Twitter: @Mega_J_Israel_M
israel.martinez@milenio.com
Y la crisis sigue
J. Israel Martínez Macedo
Llegamos a la segunda semana de diciembre y es la fecha en la que el gobierno federal no puede sacarse de encima la crisis que se generó en septiembre luego del secuestro de los 43 estudiantes de la normal de Ayotzinapa aún desaparecidos.
De todas, todas; la comunicación del gobierno ha ido perdiendo una a una las “batallas” mediáticas. Por si fuera poco, a este momento se le sumó el asunto de la llamada “Casa Blanca”, tema que tampoco logró ser controlado poniendo en el centro de la polémica a la Primera Dama del país.
Las acciones para remediar la situación han sido no menos que contraproducentes, a cada respuesta de la Presidencia aparece una objeción, en buena medida, consecuencia de una mezcla peligrosísima: la poca capacidad previsora y la falta de información relevante.
La desesperación comienza a asomar en Los Pinos, el “ya supérenlo” es muestra inequívoca de ello; más aún, lejos de asomar al fin de la crisis, el tema es llevado a lugares como la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, sitio que en otras ocasiones había logrado mantenerse en lo estrictamente cultural a pesar del furor político y que en esta edición no lo consiguió así.
Es en ese contexto que Sergio Aguayo advirtió que se vienen cuatro años “difíciles y convulsos” ante una sociedad civil que no es capaz de organizarse u optar por mecanismos de respuesta para actuar frente a un gobierno que no toma en cuenta sus reclamos.
En este escenario no es difícil de prever el debilitamiento (aún mayor) de la figura presidencial, no como resultado del contexto sino como consecuencia de la estrategia ejecutada como respuesta a los hechos de Guerrero que sirvieron como detonante y estandarte para el resto del país.
La decisión de que el mandatario no se desgaste en el tema, escondiéndolo de los reflectores y alejándolo del lugar de origen de la crisis le ha proyectado una imagen de falta de liderazgo (no solo al interior, también en el extranjero) que echó a tierra todo el trabajo de posicionamiento que —ahora se ve— habían sostenido con pinzas.
Las buenas noticias para el gobierno federal es que ya se acerca el fin de año; aparentemente, se avecinan 15 días de tregua en los que la sociedad civil se desentiende de los temas políticos y hace una pausa para disfrutar de las fiestas y convivir en familia.
Serán dos semanas en las que ambas partes deberán estar en el análisis de resultados y la toma de decisiones, unos para continuar con sus estrategias antigubernamentales y los otros con sus campañas promocionales.
En medio se anticipa un convulso proceso electoral en el que los actores no solo deberán comprender el escenario político sino que, además, tendrán que jugar con reglas e instituciones nuevas. Un 2015 que no dará espacio al aburrimiento.
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lunes, 24 de noviembre de 2014
Tres meses en crisis / Columna
De medios y otros demonios
Tres meses en crisis
J. Israel Martínez Macedo
La comunicación en los casos Ayotzinapa y "Casa Blanca" ha sido tema de las últimas semanas por el pésimo manejo de la crisis arrojando como resultado el impacto negativo y a la baja de la reputación del Presidente en el ámbito internacional y el desgaste (innecesario) de la imagen de la primera dama.
En el caso de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa es evidente que Presidencia hizo exceso de confianza. No fueron capaces de notar que el asunto de Tlatlaya había puesto los ojos del mundo en el país para observar la situación de los derechos humanos.
La decisión de contener la información generó grandes vacíos en los distintos canales de comunicación, vacíos que fueron cubiertos con desinformación, medias verdades, mentiras completas y múltiples versiones de los hechos que terminaron por enrarecer aún más la situación.
En ese contexto llegó la investigación sobre la llamada "Casa Blanca". Un trabajo que dejó cabos sueltos y que el equipo de Presidencia no supo leer y aprovechar, poniendo a Angélica Rivera, esposa del Presidente, "en bandeja de plata" para ser la comidilla mediática.
En medio de la crisis, a nadie se le ocurrió pensar que Sofía Castro, hija del primer matrimonio de Angélica Rivera, al dedicarse al mundo del espectáculo, se convierte en una figura pública que tendrá que responder entrevistas en los eventos a los que asista; resultado: otro golpe a la reputación de la familia presidencial.
Tres meses han transcurrido desde los lamentables hechos de Iguala. Noventa días sin una sola respuesta correcta del gobierno federal en materia de comunicación y una actuación que da evidencias de que, aún ahora, no se entiende del todo la dimensión del problema.
El tema de Ayotzinapa da indicios de pasar a una etapa de costumbrismo. El grupo Calle 13 ya hasta comercializa playeras en sus conciertos mientras que los políticos de oposición empiezan a utilizar el asunto como herramienta de golpeteo contra el gobierno.
El pésimo manejo mediático ha hecho, incluso, que las izquierdas (grupo político en el que se originó el problema de Guerrero) ahora use el tema para para responsabilizar al gobierno de lo que pasa.
Los resultados saltan a la vista. El intento de dos años para posicionar a Peña Nieto como un gobernante vanguardista en el ámbito internacional por sus reformas estructurales se vino abajo en estos tres meses ante la impericia.
La reconstrucción no será fácil y requerirá de una habilidad aún no exhibida por el equipo de comunicación de Presidencia y sus correspondientes asesores.
Por cierto. Ante todo este caos interno en el país ¿alguien sabe si aún hay secretario de Gobernación? Porque el que había anda muy omiso respecto de la violencia y las marchas o ¿no?
Twitter: @Mega_J_Israel_M
israel.martinez@milenio.com
Tres meses en crisis
J. Israel Martínez Macedo
La comunicación en los casos Ayotzinapa y "Casa Blanca" ha sido tema de las últimas semanas por el pésimo manejo de la crisis arrojando como resultado el impacto negativo y a la baja de la reputación del Presidente en el ámbito internacional y el desgaste (innecesario) de la imagen de la primera dama.
En el caso de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa es evidente que Presidencia hizo exceso de confianza. No fueron capaces de notar que el asunto de Tlatlaya había puesto los ojos del mundo en el país para observar la situación de los derechos humanos.
La decisión de contener la información generó grandes vacíos en los distintos canales de comunicación, vacíos que fueron cubiertos con desinformación, medias verdades, mentiras completas y múltiples versiones de los hechos que terminaron por enrarecer aún más la situación.
En ese contexto llegó la investigación sobre la llamada "Casa Blanca". Un trabajo que dejó cabos sueltos y que el equipo de Presidencia no supo leer y aprovechar, poniendo a Angélica Rivera, esposa del Presidente, "en bandeja de plata" para ser la comidilla mediática.
En medio de la crisis, a nadie se le ocurrió pensar que Sofía Castro, hija del primer matrimonio de Angélica Rivera, al dedicarse al mundo del espectáculo, se convierte en una figura pública que tendrá que responder entrevistas en los eventos a los que asista; resultado: otro golpe a la reputación de la familia presidencial.
Tres meses han transcurrido desde los lamentables hechos de Iguala. Noventa días sin una sola respuesta correcta del gobierno federal en materia de comunicación y una actuación que da evidencias de que, aún ahora, no se entiende del todo la dimensión del problema.
El tema de Ayotzinapa da indicios de pasar a una etapa de costumbrismo. El grupo Calle 13 ya hasta comercializa playeras en sus conciertos mientras que los políticos de oposición empiezan a utilizar el asunto como herramienta de golpeteo contra el gobierno.
El pésimo manejo mediático ha hecho, incluso, que las izquierdas (grupo político en el que se originó el problema de Guerrero) ahora use el tema para para responsabilizar al gobierno de lo que pasa.
Los resultados saltan a la vista. El intento de dos años para posicionar a Peña Nieto como un gobernante vanguardista en el ámbito internacional por sus reformas estructurales se vino abajo en estos tres meses ante la impericia.
La reconstrucción no será fácil y requerirá de una habilidad aún no exhibida por el equipo de comunicación de Presidencia y sus correspondientes asesores.
Por cierto. Ante todo este caos interno en el país ¿alguien sabe si aún hay secretario de Gobernación? Porque el que había anda muy omiso respecto de la violencia y las marchas o ¿no?
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lunes, 17 de noviembre de 2014
¡Justicia! / Columna
De medios y otros demonios
¡Justicia!
J. Israel Martínez Macedo
Pasan los días y el malestar no pasa, la sensación de hartazgo no mengua, el sentimiento de desamparo crece y, tristemente, las caras llenas de furia, rencor y deseos de venganza disfrazada de justicia se multiplican exponencialmente.
El alcance mediático de la información presenta un panorama cada vez más polarizado. Las manifestaciones aumentan en cuanto a numero pero también en intensidad; la intolerancia de ambos bandos (los que defienden al gobierno y los que lo atacan) censura la posibilidad de opiniones intermedias que suelen ser consideradas como partidarias del otro bando.
La verdad sea dicha: en este panorama de crispación, de conflicto cotidiano, no hay mucho espacio para la verdad y todo se centra en las versiones de uno y otro que, por obviedad, son aplaudidas por los respectivos seguidores y descalificadas por los correspondientes rivales.
Lo que se observa es una situación de caos en la que los antigubernamentalistas marchan, gritan, amenazan, insultan, golpean, queman, delinquen y lo hacen en total impunidad, igualmente legal que política y social mientras que los progubernamentales descalifican, insultan, agreden, minimizan y se hacen omisos.
En el extranjero las manifestaciones son amplias pero similares en cuanto quienes lo hacen: mexicanos que tuvieron la posibilidad de salir del país por estudios, trabajo o paseo, que aprovechan para juntarse en grupos de 20 o 30 personas (normalmente jóvenes de clase alta) con pancartas contra el gobierno.
Lo de hoy es reaccionar sin reflexionar, sin pensar, desde lo mas profundo de la víscera, emitir un juicio fácil y rápido para no dar pie a la consciencia, para actuar como lo que normalmente somos: masa. Una masa amorfa, ingente, impaciente e impensante, carne de cañón para los bandos en pugna.
Los hechos están y siempre estarán ahí queramos verlos o no. Ayotzinapa es un polvorín de verdades a medias y mentiras completas tanto de los defensores de gobierno como de sus detractores.
En este momento ya no se trata de 43 estudiantes que salieron una tarde de su escuela para ir a robar autobuses y luego fueron detenidos, secuestrados y presuntamente asesinados por miembros de la delincuencia organizada que habían logrado infiltrarse en los círculos del poder.
Se trata de nosotros, del mexicano que somos cada uno, de lo que nos estamos convirtiendo a partir de esta experiencia, de lo queramos convertirnos luego de ella.
La exigencia de justicia es, más que nunca, una necesidad: es justo saber lo que pasó en Iguala, es justo acusar a los responsables y exculpar a quienes no han tenido nada que ver, es justo que quienes piden respeto y paz sean respetados en su petición. Justicia, es lo que todos queremos.
Twitter: @Mega_J_Israel_M
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¡Justicia!
J. Israel Martínez Macedo
Pasan los días y el malestar no pasa, la sensación de hartazgo no mengua, el sentimiento de desamparo crece y, tristemente, las caras llenas de furia, rencor y deseos de venganza disfrazada de justicia se multiplican exponencialmente.
El alcance mediático de la información presenta un panorama cada vez más polarizado. Las manifestaciones aumentan en cuanto a numero pero también en intensidad; la intolerancia de ambos bandos (los que defienden al gobierno y los que lo atacan) censura la posibilidad de opiniones intermedias que suelen ser consideradas como partidarias del otro bando.
La verdad sea dicha: en este panorama de crispación, de conflicto cotidiano, no hay mucho espacio para la verdad y todo se centra en las versiones de uno y otro que, por obviedad, son aplaudidas por los respectivos seguidores y descalificadas por los correspondientes rivales.
Lo que se observa es una situación de caos en la que los antigubernamentalistas marchan, gritan, amenazan, insultan, golpean, queman, delinquen y lo hacen en total impunidad, igualmente legal que política y social mientras que los progubernamentales descalifican, insultan, agreden, minimizan y se hacen omisos.
En el extranjero las manifestaciones son amplias pero similares en cuanto quienes lo hacen: mexicanos que tuvieron la posibilidad de salir del país por estudios, trabajo o paseo, que aprovechan para juntarse en grupos de 20 o 30 personas (normalmente jóvenes de clase alta) con pancartas contra el gobierno.
Lo de hoy es reaccionar sin reflexionar, sin pensar, desde lo mas profundo de la víscera, emitir un juicio fácil y rápido para no dar pie a la consciencia, para actuar como lo que normalmente somos: masa. Una masa amorfa, ingente, impaciente e impensante, carne de cañón para los bandos en pugna.
Los hechos están y siempre estarán ahí queramos verlos o no. Ayotzinapa es un polvorín de verdades a medias y mentiras completas tanto de los defensores de gobierno como de sus detractores.
En este momento ya no se trata de 43 estudiantes que salieron una tarde de su escuela para ir a robar autobuses y luego fueron detenidos, secuestrados y presuntamente asesinados por miembros de la delincuencia organizada que habían logrado infiltrarse en los círculos del poder.
Se trata de nosotros, del mexicano que somos cada uno, de lo que nos estamos convirtiendo a partir de esta experiencia, de lo queramos convertirnos luego de ella.
La exigencia de justicia es, más que nunca, una necesidad: es justo saber lo que pasó en Iguala, es justo acusar a los responsables y exculpar a quienes no han tenido nada que ver, es justo que quienes piden respeto y paz sean respetados en su petición. Justicia, es lo que todos queremos.
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lunes, 10 de noviembre de 2014
Tristeza profunda / Columna
De medios y otros demonios
Tristeza profunda
J. Israel Martínez Macedo
Indignación, coraje, rabia, decepción. Son solo algunas de las palabras que se repitieron una y otra vez este viernes en las distintas redes sociales de México. El anuncio hecho por el procurador general de la República, Jesús Murillo Karam sobre el destino de los 43 estudiantes de Ayotzinapa raya en el insulto a la inteligencia.
Las incongruencias de la versión oficial son demasiadas y absurdas, parecen uno más de esos montajes armados así como para dar carpetazo al tema y dejar que las cosas “se enfríen” para pasar a la siguiente desgracia nacional.
Es indignante la forma en la que el titular de la PGR toma las cosas: desgarbado, recargándose de manera informal sobre el atril como si estuviera en una cantina platicándole a sus amigos de juerga algún chiste o una historia más del trabajo; sin respeto y alcanzando a decir, no tan fuera del micrófono, el tristemente célebre “ya me cansé”.
¿Cómo no enojarse ante tal displicencia? ¿Cómo no enfurecerse y sentir identidad con los padres de los jóvenes desaparecidos si prácticamente es el mismo trato que da cualquier agente del Ministerio Público del país cuando intenta explicar a las víctimas los resultados de su “sesuda” investigación?
Se voltea entonces a la sociedad y ¿qué ocurre? Cobardes encapuchados prenden fuego a las puertas de Palacio Nacional. Grupos de choque (no se entiende que ciudadanos que se manifiestan libremente anden cargando gasolina “para lo que se pueda ofrecer” ¿no?) que solo buscan magnificar lo evidente: la impotencia, incapacidad o desinterés del gobierno federal; es decir, lo de siempre.
Mientras las puertas del Palacio Nacional ardían, propagandistas que se hacen pasar por pseudoreporteros se apuraban a tuitear argumentos en defensa de estos grupos; diciendo que había cosas raras en su actuar y tratando de insinuar que podrían ser “infiltrados”.
Desolación absoluta.
De un lado: un gobierno impotente, incapaz o indiferente (que para el caso da exactamente la misma cosa). Del otro: una sociedad confundida, aturdida, manipulada, fastidiada y menospreciada, cuyas causas son descontextualizadas y utilizadas para los más bajos fines políticos (lo de siempre).
¿Qué nos queda? ¿Hacía dónde hacernos ante un cúmulo de personas que no quieren justicia sino venganza? ¿En quién refugiarnos si quienes deberían protegernos están más ocupados en convencerse de que las cosas no son como parecen y que se trata de un asunto efímero?
Combatir violencia con violencia nos ha traído al México que somos hoy, al que nos hemos convertido. Y parece que aún no hemos aprendido que hay otras formas y otros caminos. Hay razones para estar tristes, más que las evidentes.
Twitter: @Mega_J_Israel_M
israel.martinez@milenio.com
Tristeza profunda
J. Israel Martínez Macedo
Indignación, coraje, rabia, decepción. Son solo algunas de las palabras que se repitieron una y otra vez este viernes en las distintas redes sociales de México. El anuncio hecho por el procurador general de la República, Jesús Murillo Karam sobre el destino de los 43 estudiantes de Ayotzinapa raya en el insulto a la inteligencia.
Las incongruencias de la versión oficial son demasiadas y absurdas, parecen uno más de esos montajes armados así como para dar carpetazo al tema y dejar que las cosas “se enfríen” para pasar a la siguiente desgracia nacional.
Es indignante la forma en la que el titular de la PGR toma las cosas: desgarbado, recargándose de manera informal sobre el atril como si estuviera en una cantina platicándole a sus amigos de juerga algún chiste o una historia más del trabajo; sin respeto y alcanzando a decir, no tan fuera del micrófono, el tristemente célebre “ya me cansé”.
¿Cómo no enojarse ante tal displicencia? ¿Cómo no enfurecerse y sentir identidad con los padres de los jóvenes desaparecidos si prácticamente es el mismo trato que da cualquier agente del Ministerio Público del país cuando intenta explicar a las víctimas los resultados de su “sesuda” investigación?
Se voltea entonces a la sociedad y ¿qué ocurre? Cobardes encapuchados prenden fuego a las puertas de Palacio Nacional. Grupos de choque (no se entiende que ciudadanos que se manifiestan libremente anden cargando gasolina “para lo que se pueda ofrecer” ¿no?) que solo buscan magnificar lo evidente: la impotencia, incapacidad o desinterés del gobierno federal; es decir, lo de siempre.
Mientras las puertas del Palacio Nacional ardían, propagandistas que se hacen pasar por pseudoreporteros se apuraban a tuitear argumentos en defensa de estos grupos; diciendo que había cosas raras en su actuar y tratando de insinuar que podrían ser “infiltrados”.
Desolación absoluta.
De un lado: un gobierno impotente, incapaz o indiferente (que para el caso da exactamente la misma cosa). Del otro: una sociedad confundida, aturdida, manipulada, fastidiada y menospreciada, cuyas causas son descontextualizadas y utilizadas para los más bajos fines políticos (lo de siempre).
¿Qué nos queda? ¿Hacía dónde hacernos ante un cúmulo de personas que no quieren justicia sino venganza? ¿En quién refugiarnos si quienes deberían protegernos están más ocupados en convencerse de que las cosas no son como parecen y que se trata de un asunto efímero?
Combatir violencia con violencia nos ha traído al México que somos hoy, al que nos hemos convertido. Y parece que aún no hemos aprendido que hay otras formas y otros caminos. Hay razones para estar tristes, más que las evidentes.
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lunes, 3 de noviembre de 2014
Un día de sinsentido / Columna
De medios y otros demonios
Un día de sinsentido
J. Israel Martínez Macedo
Este día no encuentro sentido a lo que pasa y tengo la sensación que no soy el único en pensarlo. Con honestidad debo decir que escribir la columna de hoy ha sido más difícil que cualquier otra cosa en el tiempo que llevo escribiendo para los medios.
Normalmente tengo claro el panorama de mi perspectiva y encuentro el modo de reflejarlo en un texto que cumpla con la calidad para ser publicado. Pero no hoy.
Quienes han leído estas líneas los últimos años saben que evito siempre hablar en primera persona; que me mantengo al margen de intentar, siquiera, emitir un juicio solo porque se trate de una creencia o una convicción sin mayor sustento que eso y que incluso he cuestionado temas en los que tenía o tuve fe ciega.
Es que solo no encuentro la lógica que impera en el pensamiento del mexicano, es más, en este momento ni siquiera me atrevería a asegurar que exista tal cosa como “una lógica del pensamiento mexicano”.
Entro a las redes sociales y veo personas que se sorprenden porque en las manifestaciones de estudiantes de Hong Kong los jóvenes hacen tarea, recogen la basura que tiran y dejan mensajes a las personas pidiendo disculpas por las molestias ocasionadas.
Descubro que las mismas personas comentan en sus espacios que esos jóvenes son ejemplo a seguir, que eso es una manifestación democrática y que se debería aprender en México pero después aplauden cual fanes la decisión de los universitarios mexicanos de irse a paro nacional por 72 horas. ¿Dónde está la lógica aquí?
Pienso, con plena convicción, que el Estado mexicano debe responder por los hechos de Iguala. Lo hago con la misma convicción con la que pienso que la sociedad mexicana debe dejarse de mojigaterías y asumir su responsabilidad no solo por esos hechos sino por todo lo que pasa en nuestro país.
Simplemente no hallo cómo es que el suspender clases en las universidades va a servir de algo, ya no digamos en el caso Ayotzinapa, sino para un fin superior que sería el bienestar de México.
¿En serio son nuestros universitarios tan inocentes —me debato en usar aquí la palabra ingenuos— como para pensar que un gobierno tan indolente como el nuestro (no solo de esta administración sino de todas) tendrá alguna preocupación de que se paren la escuelas tres días cuando no lo ha hecho ante la evidencia de la situación nacional?
Me niego a pensar que mi papel en la sociedad se limita a exigirle a otro que haga lo que yo no estoy dispuesto hacer, sin ofrecer soluciones ni salidas, sin reflexionar sobre lo que pasa y solo reducirme al regocijo cuando nada funcione para poder decir: lo sabía y se los dije. No me siento tan mezquino.
Solo es que este día no encuentro sentido a lo que pasa y tengo la sensación que no soy el único en pensarlo.
Twitter: @Mega_J_Israel_M
israel.martinez@mileni.com
Un día de sinsentido
J. Israel Martínez Macedo
Este día no encuentro sentido a lo que pasa y tengo la sensación que no soy el único en pensarlo. Con honestidad debo decir que escribir la columna de hoy ha sido más difícil que cualquier otra cosa en el tiempo que llevo escribiendo para los medios.
Normalmente tengo claro el panorama de mi perspectiva y encuentro el modo de reflejarlo en un texto que cumpla con la calidad para ser publicado. Pero no hoy.
Quienes han leído estas líneas los últimos años saben que evito siempre hablar en primera persona; que me mantengo al margen de intentar, siquiera, emitir un juicio solo porque se trate de una creencia o una convicción sin mayor sustento que eso y que incluso he cuestionado temas en los que tenía o tuve fe ciega.
Es que solo no encuentro la lógica que impera en el pensamiento del mexicano, es más, en este momento ni siquiera me atrevería a asegurar que exista tal cosa como “una lógica del pensamiento mexicano”.
Entro a las redes sociales y veo personas que se sorprenden porque en las manifestaciones de estudiantes de Hong Kong los jóvenes hacen tarea, recogen la basura que tiran y dejan mensajes a las personas pidiendo disculpas por las molestias ocasionadas.
Descubro que las mismas personas comentan en sus espacios que esos jóvenes son ejemplo a seguir, que eso es una manifestación democrática y que se debería aprender en México pero después aplauden cual fanes la decisión de los universitarios mexicanos de irse a paro nacional por 72 horas. ¿Dónde está la lógica aquí?
Pienso, con plena convicción, que el Estado mexicano debe responder por los hechos de Iguala. Lo hago con la misma convicción con la que pienso que la sociedad mexicana debe dejarse de mojigaterías y asumir su responsabilidad no solo por esos hechos sino por todo lo que pasa en nuestro país.
Simplemente no hallo cómo es que el suspender clases en las universidades va a servir de algo, ya no digamos en el caso Ayotzinapa, sino para un fin superior que sería el bienestar de México.
¿En serio son nuestros universitarios tan inocentes —me debato en usar aquí la palabra ingenuos— como para pensar que un gobierno tan indolente como el nuestro (no solo de esta administración sino de todas) tendrá alguna preocupación de que se paren la escuelas tres días cuando no lo ha hecho ante la evidencia de la situación nacional?
Me niego a pensar que mi papel en la sociedad se limita a exigirle a otro que haga lo que yo no estoy dispuesto hacer, sin ofrecer soluciones ni salidas, sin reflexionar sobre lo que pasa y solo reducirme al regocijo cuando nada funcione para poder decir: lo sabía y se los dije. No me siento tan mezquino.
Solo es que este día no encuentro sentido a lo que pasa y tengo la sensación que no soy el único en pensarlo.
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lunes, 27 de octubre de 2014
México: ¿Cuándo nos perdimos? / Columna
De medios y otros demonios
México: ¿Cuándo nos perdimos?
J. Israel Martínez Macedo
El secuestro de los 43 de Ayotzinapa abre la reflexión para muchas cosas que están pasando en el país; las manifestaciones siguientes a este hecho han trasladado el asunto a un tema más profundo: ¿Qué pasa con nuestra sociedad?
El cuestionamiento toca lo más hondo del entramado social. ¿En qué momento nos perdimos? ¿Cuándo dejamos de pensar que 43 vidas no valían ser reclamadas? ¿Cuándo comenzamos a apoyar al delincuente solo para dejar salir nuestro odio contra el gobierno?
Tal parece que la nación mexicana ha desaparecido, se desintegró en algún momento y no nos dimos cuenta ni cuándo. Se nos esfumó de las manos sin notarlo y vivimos la consecuencia de ello.
Antaño un sinónimo de delincuente era “inadaptado social”. ¿Cuándo los adaptamos a la sociedad? O ¿acaso la sociedad se está adaptando a ellos? ¿Cuándo nos permitimos convivir con ellos? Más aún ¿cuándo nos permitimos convertirnos en ellos? ¿De verdad los buenos somos más?… ¿En serio somos buenos?
¿Por qué nos acostumbramos a los asesinatos ya tan cotidianos? ¿Bajo qué circunstancias resolvimos que la culpa de todo la tiene el gobierno? Y ¿qué nos hizo pensar que la solución de todo la debe tener el gobierno?
¿Cómo permitimos que la delincuencia conviva con la sociedad? ¿Cómo hacemos para vivir tranquilos observando que alguien delinque y callando? ¿Cuándo nos inundó el miedo a grado tal que preferimos mirar hacia otro lado en lugar de ayudar a alguien?
México requiere una revolución; pero no esa que reclaman los anarquistas, sinarquistas, izquierdistas o cualquier otro “ista”. No lograremos nada confrontándonos unos con otros solo porque tenemos miedo o pensamos que todo está mal y que alguien más debe solucionarlo.
Hay ejemplos conocidos, no son muchos pero existen. La India de Gandhi logró su independencia de manera pacífica; la Sudáfrica de Mandela terminó con el apartheid y además conformó una nación que olvidara los rencores.
No va a ser fácil pero tenemos que empezar, cada uno, a hacer lo correcto; a dejar de justificar lo que hacemos mal y comenzar a hacer lo que sabemos que está bien. Alejémonos de aquellos que actúan contra la sociedad (porque en cada comunidad todos sabemos quiénes son) que sean, de nueva cuenta, inadaptados.
Demostrémosles que no estamos de acuerdo con lo que hacen, que no creemos en la violencia como mecanismo para “arreglar” las cosas porque sabemos que, en realidad, las descomponen más.
Termino con tres frases para invitar a la acción. Gandhi: “Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego”, “No hay camino para la paz, la paz es el camino”. Einstein: “si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”.
Twitter: @Mega_J_Israel_M
israel.martinez@milenio.com
México: ¿Cuándo nos perdimos?
J. Israel Martínez Macedo
El secuestro de los 43 de Ayotzinapa abre la reflexión para muchas cosas que están pasando en el país; las manifestaciones siguientes a este hecho han trasladado el asunto a un tema más profundo: ¿Qué pasa con nuestra sociedad?
El cuestionamiento toca lo más hondo del entramado social. ¿En qué momento nos perdimos? ¿Cuándo dejamos de pensar que 43 vidas no valían ser reclamadas? ¿Cuándo comenzamos a apoyar al delincuente solo para dejar salir nuestro odio contra el gobierno?
Tal parece que la nación mexicana ha desaparecido, se desintegró en algún momento y no nos dimos cuenta ni cuándo. Se nos esfumó de las manos sin notarlo y vivimos la consecuencia de ello.
Antaño un sinónimo de delincuente era “inadaptado social”. ¿Cuándo los adaptamos a la sociedad? O ¿acaso la sociedad se está adaptando a ellos? ¿Cuándo nos permitimos convivir con ellos? Más aún ¿cuándo nos permitimos convertirnos en ellos? ¿De verdad los buenos somos más?… ¿En serio somos buenos?
¿Por qué nos acostumbramos a los asesinatos ya tan cotidianos? ¿Bajo qué circunstancias resolvimos que la culpa de todo la tiene el gobierno? Y ¿qué nos hizo pensar que la solución de todo la debe tener el gobierno?
¿Cómo permitimos que la delincuencia conviva con la sociedad? ¿Cómo hacemos para vivir tranquilos observando que alguien delinque y callando? ¿Cuándo nos inundó el miedo a grado tal que preferimos mirar hacia otro lado en lugar de ayudar a alguien?
México requiere una revolución; pero no esa que reclaman los anarquistas, sinarquistas, izquierdistas o cualquier otro “ista”. No lograremos nada confrontándonos unos con otros solo porque tenemos miedo o pensamos que todo está mal y que alguien más debe solucionarlo.
Hay ejemplos conocidos, no son muchos pero existen. La India de Gandhi logró su independencia de manera pacífica; la Sudáfrica de Mandela terminó con el apartheid y además conformó una nación que olvidara los rencores.
No va a ser fácil pero tenemos que empezar, cada uno, a hacer lo correcto; a dejar de justificar lo que hacemos mal y comenzar a hacer lo que sabemos que está bien. Alejémonos de aquellos que actúan contra la sociedad (porque en cada comunidad todos sabemos quiénes son) que sean, de nueva cuenta, inadaptados.
Demostrémosles que no estamos de acuerdo con lo que hacen, que no creemos en la violencia como mecanismo para “arreglar” las cosas porque sabemos que, en realidad, las descomponen más.
Termino con tres frases para invitar a la acción. Gandhi: “Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego”, “No hay camino para la paz, la paz es el camino”. Einstein: “si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”.
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lunes, 20 de octubre de 2014
Iguala / Columna
De medios y otros demonios
Iguala
J. Israel Martínez Macedo
La inseguridad en el país se ha convertido un tema tan común en México que quizá por ello es que el gobierno no reaccionó a tiempo cuando, en Iguala, miembros de la delincuencia organizada infiltrados en la policía local mataron a seis estudiantes normalistas y jugadores de futbol.
En este país, la muerte de los jóvenes estudiantes y la desaparición de 43 de sus compañeros fue una nota más sobre los daños causados por los grupos criminales que atemorizan a la sociedad con base en el uso de la fuerza y la violencia.
Se necesitó que la prensa extranjera tomara interés en el caso para que en México las ONG, los políticos y los propios medios del país recuperaran la capacidad de asombro en estos asuntos y le dieran la atención que merece para la sociedad.
El caso del presunto fusilamiento de integrantes de una célula delictiva por parte de militares que rescataron a una víctima de secuestro (que después los acusaría de dicha acción) en Tlatlaya, hizo que los ojos de la prensa extranjera se centraran en lo que pasa en nuestro país.
El gobierno federal no supo cómo reaccionar, la acción visible siguió los estándares contención de crisis de los 80 y 90 que indican que la información se debe neutralizar y ocultar; esquemas que no son aplicables para una sociedad integrada (a su modo) a los hipermedios.
La información fluyó libremente en las redes sociales y medios internacionales, en parte porque la comunicación gubernamental fue escasa y confusa; ello impactó en su confiabilidad y al dejar de ser confiable se abrieron paso las búsquedas de lo que sea que pudiera ser publicable.
Al mismo tiempo, los actores políticos (partidos o individuos) se apresuraron no por atender la situación sino por deslindarse lo más pronto posible (unos) o por aprovechar el momento y sacar raja para sus fines personales o de grupo (otros).
Así la llamada sociedad civil se movilizó para exigir atención y justicia sin dar muestras de entender quién exactamente es responsable de los hechos del 26 y 27 de septiembre.
Las ONG e instituciones de derechos humanos se apresuraron a denunciar lo evidente: las carencias que hay en México en este tema han alcanzado niveles insospechados.
La politización abonó a la confusión. Todos, más interesados en no ser acusados o vinculados con los hechos, se enfocaron en mantener la idea de que el gobierno es el responsable único y exclusivo sin asumir ningún tipo de responsabilidad por ello.
La pésima gestión de crisis, la tergiversación de partidos y actores políticos, el encono tradicional contra todo lo que huela a gobierno y la imposibilidad de encontrar a los 43 estudiantes desaparecidos, son ingredientes de una mezcla muy peligrosa y explosiva que sigue creciendo sin control.
Twitter: @Mega_J_Israel_M
israel.martinez@milenio.com
Iguala
J. Israel Martínez Macedo
La inseguridad en el país se ha convertido un tema tan común en México que quizá por ello es que el gobierno no reaccionó a tiempo cuando, en Iguala, miembros de la delincuencia organizada infiltrados en la policía local mataron a seis estudiantes normalistas y jugadores de futbol.
En este país, la muerte de los jóvenes estudiantes y la desaparición de 43 de sus compañeros fue una nota más sobre los daños causados por los grupos criminales que atemorizan a la sociedad con base en el uso de la fuerza y la violencia.
Se necesitó que la prensa extranjera tomara interés en el caso para que en México las ONG, los políticos y los propios medios del país recuperaran la capacidad de asombro en estos asuntos y le dieran la atención que merece para la sociedad.
El caso del presunto fusilamiento de integrantes de una célula delictiva por parte de militares que rescataron a una víctima de secuestro (que después los acusaría de dicha acción) en Tlatlaya, hizo que los ojos de la prensa extranjera se centraran en lo que pasa en nuestro país.
El gobierno federal no supo cómo reaccionar, la acción visible siguió los estándares contención de crisis de los 80 y 90 que indican que la información se debe neutralizar y ocultar; esquemas que no son aplicables para una sociedad integrada (a su modo) a los hipermedios.
La información fluyó libremente en las redes sociales y medios internacionales, en parte porque la comunicación gubernamental fue escasa y confusa; ello impactó en su confiabilidad y al dejar de ser confiable se abrieron paso las búsquedas de lo que sea que pudiera ser publicable.
Al mismo tiempo, los actores políticos (partidos o individuos) se apresuraron no por atender la situación sino por deslindarse lo más pronto posible (unos) o por aprovechar el momento y sacar raja para sus fines personales o de grupo (otros).
Así la llamada sociedad civil se movilizó para exigir atención y justicia sin dar muestras de entender quién exactamente es responsable de los hechos del 26 y 27 de septiembre.
Las ONG e instituciones de derechos humanos se apresuraron a denunciar lo evidente: las carencias que hay en México en este tema han alcanzado niveles insospechados.
La politización abonó a la confusión. Todos, más interesados en no ser acusados o vinculados con los hechos, se enfocaron en mantener la idea de que el gobierno es el responsable único y exclusivo sin asumir ningún tipo de responsabilidad por ello.
La pésima gestión de crisis, la tergiversación de partidos y actores políticos, el encono tradicional contra todo lo que huela a gobierno y la imposibilidad de encontrar a los 43 estudiantes desaparecidos, son ingredientes de una mezcla muy peligrosa y explosiva que sigue creciendo sin control.
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