"Escribir sale del alma, los otros medios son aparatos, son máquinas"

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lunes, 1 de septiembre de 2008

El día después de la marcha / Columna

De medios y otros demonios

El día después de la marcha

J. Israel Martínez Macedo

Este sábado miles de personas caminaron por las calles de distintas partes del país exigiendo a las autoridades más seguridad; resultados en la lucha contra la delincuencia; esclarecimiento de homicidios, robos y secuestros; y sobre todo, un lugar tranquilo en donde poder vivir.
En Toluca, como en seguramente cualquier parte de la República donde se llevó a cabo una manifestación de este tipo, los sentimientos brotaron y desbordaron a los manifestantes que dejaron ver en sus rostros, rabia, coraje, desesperación, pero también esperanza y ganas de confiar en que las autoridades pueden todavía revertir la actual situación.
Pero sólo un día después, una vez vivida la catarsis; todo vuelve a una lamentable, triste e igualmente dolorosa normalidad. Es el resultado de esperar que la autoridad solucione los problemas, como si por haber votado ellos tuvieran que hacerlo todo.
No se trata de salir en defensa de las autoridades. La corrupción como muestra máxima, pero los abusos del poder y los cochupos entre políticos (para muestra véase el excesivo gasto para campañas que aprobaron los partidos a través de sus diputados, eso sí es un insulto) también forman parte de esa falta de sensibilidad que genera hastío por todo lo que tenga un ligero tufo a “cosa pública”.
Pero también es cierto que mucho de lo que ocurre también es responsabilidad de la ciudadanía. Me explico: ¿cuántas de las personas que marcharon el sábado habrán comprado piratería en Los Portales después de haber dejado su vela frente a Palacio de Gobierno o en la Plaza de los Mártires? ¿Cuántos de ellos habrán pagado a un franelero para “cuidar” el coche mientras marchaban?
¿Cuántos han dado una mordida o pagado un coyote para agilizar algún trámite? ¿Cuántos se pasaron uno, do o tres semáforos en rojo para llegar a tiempo a la marcha? ¿Denuncian los delitos de los que llegan a ser testigos o prefieren hacer como que no vieron nada para evitar que los llamen a testificar?
Es muy sencillo caminar por las calles vestidos de blanco con pancartas y consignas pidiendo que “alguien” haga “algo”, pero qué tal ser ese alguien que denuncia, que no compra piratería, que no fomenta la delincuencia, que no se colude con las autoridades, que no paga coyotajes, que respeta la ley por absurda que parezca… no, eso no, eso implica ser ciudadano de verdad, y qué flojera.
Por eso en este día después de la marcha todo volvió a ser como era, porque para que haya un cambio social, aunque suene redundante, se requiere que la sociedad se involucre, que actúe y que no sólo grite, sino que asuma en sus acciones el ¡Ya Basta!

PARÉNTESIS
En el sur del país, en Oaxaca, dos radios comunitarias fueron desmanteladas por quienes dijeron ser policías federales, puede ser un problema dado que desde ayer arrancó el “Encuentro de Radios Comunitarias y Libres” en Zaachila. Sin orden, ni notificación, simplemente los presuntos PFP cargaron con el equipo y bajo la advertencia de llevarse también a la gente si se oponía, el equipo simplemente desapareció. Lamentable.
En tanto, es prácticamente un hecho que, otra vez, la Ley Federal de Radio y Televisión quedará intocada por los diputados y senadores que bajo el escudo de “no enrarecer el ambiente electoral que se avecina” decidieron no abordar el tema en el periodo ordinario de sesiones, a cambio habrá ley que reglamente el derecho de réplica, el cual seguramente estará listo para que puedan replicar sus candidatos en la elección. Qué pena.

israel.martinez@milenio.com

sábado, 30 de agosto de 2008

El grito de los sin nombre: ¡Ya Basta! / Crónica

El grito de los sin nombre: ¡Ya Basta!

La capital mexiquense se vistió de blanco para sumarse al clamor nacional de justicia y paz, miles de personas caminaron por las calles del centro y demostraron su sentir al llegar a la Plaza de los Mártires de Toluca


J. Israel Martínez – Toluca

La impotencia, el dolor, el sufrimiento, la desesperanza, la angustia, el temor. Todos cobraron vida en cada una de las 5 mil personas que llegaron a la plaza que por primera vez en mucho tiempo hizo honor a su nombre, la de Los Mártires.
El 27 de junio de 2004, en Toluca, la marcha contra la inseguridad apenas alcanzó a convocar a un par de cientos de personas. Cuatro años después el número de participantes rebasó las expectativas de propios y extraños. El mismo Tláloc respetó la voz de los sin voz, de los sin rostro, de los sin nombre.
A la cita en el Monumento a la Bandera acudieron alrededor de mil 500 personas. Poco a poco, paso a paso, calle a calle, la gente se fue sumando a la demanda, a la exigencia, al grito unísono de “¡Ya Basta!”
A mitad del camino la primera expresión, la primera muestra de malestar generalizado “un minuto de silencio por los que ya no están” y la columna se unió en un mismo clamor, el de la ausencia, el del vacío, el de la añoranza.
El contingente avanzó por la calle de Hidalgo, nutriéndose a cada instante; en un crecimiento sólo equiparable al del sentimiento de rabia, de coraje, de desesperación. Sensaciones que encontraron desfogue frente a un Palacio de Gobierno que también dio muestras del poder que representa: impasible, impotente, carente de autoridad.
En cada familia una historia, un recuerdo, un ausente. Las caras de molestia y dolor contrastaban con los rostros enjutos de agentes estatales y municipales que no podían creer la contundencia de las pancartas: “Fuera policías corruptos”, “¡Ya basta! No a la corrupción” y una mano de cartón que remataba con una bofetada de tres letras: PAZ.
Al llegar a la zona centro la gente en las calles los observaba, algunos se sumaban ahí mismo, otros simplemente los veían, no daban crédito al tamaño de los asistentes, a su variedad: niños en carreolas o ancianos en sillas de ruedas, políticos que no buscaban el reflector y payasos en bata de doctor, familias de todos los niveles, de todas las clases, rubios y morenos, todos heridos por la misma bestia. Todos clamando contra la misma bestia.
Al llegar a la Plaza de los Mártires se acercaron temerosos, se aglutinaron ante ella, poco a poco avanzaron, la ocuparon, salieron los estandartes tricolores, esos que dicen ser los más bellos del mundo. Los que en el verde enarbolan la independencia, en el blanco la pureza y en el rojo la unión de las razas. Los que en el centro muestran en una sola imagen la historia del nacimiento de un pueblo.
Una vez ahí: silencio. Tres minutos. Se escucharon palabras conocidas pero olvidadas en el tiempo, en la cotidianidad. “Mexicanos al grito de guerra / el acero aprestad y el bridón / y retiemble en sus centros la tierra / al sonoro rugir del cañón”. La impotencia se transformó en rabia, en coraje, en furia, la de aquellos para los que aún tienen significado esas palabras, esas notas: los sin nombre.
Comenzaba la catarsis. Las palabras de Alejandro Martí hicieron eco: “Si no pueden, renuncien” y después un grito unísono: “¡Ya Basta!, Mé-xi-co”, “¡Ya Basta!, Mé-xi-co”, “¡Ya Basta!, Mé-xi-co”.
La adrenalina subió y la masa rebasó cualquier organización. La gente se paró frente a las puertas del monstruo de cantera. Le exigió justicia, libertad, tranquilidad y le dejó un mensaje: decenas de pancartas con nombres, con denuncias, con súplicas, con esperanza, a pesar de todo; esperanza.
Yohualtecuhtli, la diosa azteca de la noche cubrió con su manto a los sin nombre, a los sin rostro, a los que por un instante se hicieron una voz. La luz de la esperanza llegó. Las velas iluminaron el pasillo de Palacio de Gobierno y formaron una cruz en la Plaza de los Mártires. Uno a uno dejaron su ofrenda luminosa. Unos a gritos otros en silencio, cada quien a su modo exigiendo, deseando, esperando respuestas.
Al final, gota a gota, esa gran marejada blanca abandonó la plaza con la esperanza de que alguien reaccione, responda y dé la cara.

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