"Escribir sale del alma, los otros medios son aparatos, son máquinas"

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Gabriel García Márquez

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lunes, 6 de enero de 2014

El periodismo extraviado (primera parte) / Columna

De medios y otros demonios

El periodismo extraviado

J. Israel Martínez Macedo

Primera parte

La autocrítica es una de las prácticas más escasas en los medios de comunicación (ya sean de masas o sociales), cualquier intento por realizarla es inmediatamente interpretado como un ataque o agresión de quien critica a quien se observa en cada una de las palabras que notan las carencias y faltas de ética o calidad.
El periodismo, imbuido en la dinámica de la evolución acelerada de la tecnología, se encuentra en la disyuntiva de ser negocio o mantener su papel de informador de la sociedad por encima de los intereses políticos y económicos que la dominan. Ese es el conflicto que desarrolla "La increíble vida de Walter Mitty", en la que se observa una parte de ese choque entre la tecnología y la calidad informativa.
Después de verla, es imposible evadirse de la reflexión sobre el periodismo que se hace en la actualidad contra el periodismo de la vieja escuela, el periodismo de los egresados de las universidades enfrentado al periodismo de quienes se formaron en la experiencia con los hechos.
Los reporteros de la vieja guardia, ajenos a las ventajas de las nuevas tecnologías, solían ser más conocedores del idioma y el lenguaje (ante la carencia de un autocorrector); obligados a conocer de memoria las caras y costumbres de los funcionarios, de los políticos y en general de quienes influyen en el actuar social.
Sabedores del impacto que la información tienen en la gente, privilegiaban la información, incluso a sus vidas personales; entendían la importancia de estar en el lugar de los hechos y se volvían incomodos inconformistas que cuestionaban todo y a todos con el último fin de presentar información confirmada y verificada.
En contraparte, hoy tenemos redacciones en las que los reporteros sienten que pueden cubrir un hecho sentados frente a sus computadoras y pegados al teléfono celular, dependientes de la información que una fuente oficial pueda proveerle o atentos a los últimos reportes de las cuentas de Twitter vinculadas a sus temas.
Estos reporteros están más interesados en las actividades de fin de semana, las películas de moda en las carteleras y en que se les vea en las fotografías o videos entrevistando a "X" o "Y " funcionarios para subirlo, eso sí inmediatamente, a su cuenta de Facebook.
Aunado a sus deficiencias formativas (escondidas tras un papel que dice que son licenciados-en-lo-que-sea) escriben con faltas de ortografía, leen sin entender, ni el texto ni el subtexto; carentes de memoria, cínicos y flojos, crédulos de que son los paladines de la verdad ante cualquiera que ose cuestionarlos pero sumisos ante los funcionarios o sus jefes de prensa temerosos de "hacerlos enojar".

Twitter: @Mega_J_Israel_M
israel.martinez@milenio.com

lunes, 10 de junio de 2013

"Dígame licenciado" / Columna

De medios y otros demonios

"Dígame licenciado"

J. Israel Martínez Macedo

Gran polémica se generó en las redes sociales a raíz de que justo hace ocho días varios compañeros obtuvieron su título de licenciados en Periodismo apegándose a los lineamientos que marca el acuerdo 286 de la Secretaría de Educación Pública (SEP) para la obtención del grado por equivalencia de conocimientos.
El asunto no tiene mayor profundidad. Quienes cumplieron con los requisitos que marca la SEP, tuvieron que pasar por un arduo proceso de certificación para documentar la experiencia obtenida y demostrar que cuentan con el conocimiento equivalente al paso por las aulas.
Aún no queda claro si por el mecanismo, el esquema, lo público o por qué, pero el hecho generó un ardor ampuloso entre algunos otros que llegaron a considerar que los ahora licenciados en Periodismo habían obtenido un "título de cartón", sin aclarar si la crítica se hacía de manera personal tras el escudo de un cargo institucional o formaba parte de algún tipo de posicionamiento oficial de la dependencia en la que laboran.
Evidentemente y con justa razón, algunos de quienes alcanzaron el grado por la equivalencia de conocimientos recurrieron a la defensa (innecesaria desde mi punto de vista) del título obtenido, dejando en evidencia varias cuestiones que quedan para la reflexión.
El trasfondo de todos estos sombrerazos sin sentido no es cómo se alcanza el grado de "licenciado de algo" sino el ser parte del maquillaje de cifras acerca de la realidad en la que se encuentra el país a través de un mecanismo perverso, herencia de la administración calderonista.
Para nadie debe ser desconocido que uno de los indicadores internacionales de medición de desarrollo es el nivel escolar de los habitantes. La obtención de grado por equivalencia de conocimientos y experiencia no es otra cosa que la aplicación de medidas para subir de golpe la escolaridad de la población; además de que no es una medida aislada, en las universidades se adoptaron mecanismos para facilitar la titulación de los egresados que van desde la tesis hasta una obra de arte pasando por el examen general.
La verdad de las cosas es que ni la experiencia ni el paso por las aulas garantizan un buen profesional y la prueba fue el intercambio de dimes y diretes que se gestó en las redes sociales. Los "especialistas", ya licenciados todos por igual, evidenciaron sendas faltas ortográficas y de sintaxis en ambos bandos, lo que deja mucho qué desear por igual.
La profesionalización del periodismo es un tema serio que debe trascender los ardores y las defensas pueriles, debe ir más allá de la demostración de "horas de vuelo" y trascender para identificar la calidad informativa y narrativa. No basta con presentarse a cursos improvisados de los que hasta las instituciones académicas se deslindan, se trata de impulsar el buen ejercicio de la profesión no solo de palabra sino también de hecho, de nada sirve querer que, como en aquel viejo programa, uno se ponga feliz solo porque le digan "licenciado".
Vaya una felicitación para quienes, con el título, adquieren por voluntad propia una mayor responsabilidad profesional. Enhorabuena.

Twitter: @Mega_J_Israel_M
israel.martinez@milenio.com

lunes, 17 de octubre de 2011

El México de un grande / Columna

De medios y otros demonios

El México de un grande

J. Israel Martínez Macedo

Unos instantes antes de concluir un texto sobre el movimiento de los “indignados” las redes sociales y su impacto (que habrá de esperar al próximo sábado), alcanzo a leer la nota que da cuenta del fallecimiento de Miguel Ángel Granados Chapa, un periodista mexicano como pocos, muy pocos. Su fallecimiento, además de vestir de luto a los medios nacionales, abre espacio a una reflexión sobre el periodismo en México.
Leer a Granados Chapa era obligatorio, a favor o en contra; sus textos eran una guía en el marasmo informativo en el que caía ocasionalmente el país.
Fue víctima de acusaciones vacías cada que develaba algún plan que pretendía ser poco claro, como ocurrió con la fusión de las supuestamente antagónicas Televisa y Tv Azteca en Iusacell, ambas televisoras llenaron de improperios al columnista y llegaron a tacharlo de mentiroso. Meses después el tiempo le dio la razón.
Sin duda, su nombre va junto y de la mano a una ética profesional inquebrantable. No aceptaba regalado absolutamente nada y manifestaba abierta y directamente su enojo cuando alguien le ofrecía alguna dádiva por su oficio. Era dueño de una dignidad a prueba de todo, que lo confrontó igual con los poderes que con los amigos, dio muestra, con el ejemplo, de lo qué se debe hacer cuando los principios se amenazan.
Vivió aquella época donde la libertad de prensa era, para muchos, un sueño, el que ansiaban alcanzar algún día. Pero no él, pertenecía a una casta que no soñaba con la libertad de expresión porque la ejercía a cada momento y luchaba por mantenerse de pie frente a los embates gubernamentales, estuvo ahí cuando los exiliaron de Excelsior y siguió ahí cuando nació Proceso, Vicente Leñero da cuenta de ello.
De igual forma vivió esta época donde la libertad de prensa es, en muchos casos, un espejismo que se vive bajo la amenaza de la dádiva publicitaria del gobierno en turno. Donde los intereses empresariales se imponen a los periodísticos porque, a pesar de todo, esto es un negocio. Aún así se mantuvo inmaculado y pulcro en su crítica y análisis.
En alguna entrevista comentó su pasión y gusto por el periodismo, su irritación al publicar con imprecisión o inexactitud o cuando consideraba insuficiente una interpretación. Lamentaba algunas prácticas del gremio en su relación con el poder. Le llamaba la atención esa curiosidad de los jóvenes que inician en el periodismo, su capacidad de usar instrumentos cada vez más novedosos y la mezcla extraña que se forma con su falta de vehemencia para el trabajo, su tendencia a convertir la labor periodística en un acto rutinario.
México pierde a un gran periodista. Se va como sólo puede hacerlo un grande de este oficio: escribiendo hasta el final, en sus últimos párrafos dejó ver su motivo, lo que lo movía:
“Es deseable que el espíritu impulse a la música y otras artes y ciencias y otras formas de hacer que renazca la vida, permitan a nuestro país escapar de la pudrición que no es destino inexorable. Sé que es un deseo pueril, ingenuo, pero en él creo, pues he visto que esa mutación se concrete / Esta es la última vez en que nos encontramos. Con esa convicción digo adiós”. Descanse en paz Miguel Ángel Granados Chapa.

Twitter: @Mega_J_Israel_M
israel.martinez@milenio.com

lunes, 1 de noviembre de 2010

El periodismo como profesión / Columna

De medios y otros demonios


El periodismo como profesión


J. Israel Martínez Macedo


Idiota, imbécil, asno, tarado, soquete, inútil, torpe, pendejo; o en el mejor de los casos: muchacho, chavo, chico, chalán, tú… “hueso”. Son sólo algunos de los tantos apelativos que la mayoría de los aprendices escuchaba en una redacción antes de vivir el sueño de ser llamado reportero.

Desde hace algunos meses, quizá años, me he preguntado si no habría una forma más suave, tersa, amable, amigable, sociable… pedagógicamente aceptable de enseñar el periodismo. Llegué a pensar que sí.

Después de un tiempo sé que el periodismo requiere, ante todo: de actitud. Un reportero no puede permitirse el lujo de que lo ninguneen; lo manden a un rincón o le digan qué, cómo, cuándo y dónde hacer su trabajo. Hoy entiendo que eso se aprende sólo en la redacción. No hay más.

Los periódicos de antaño no eran sólo centros de trabajo. Al mismo tiempo, se convertían en lugares donde los reporteros expresaban, debatían, comentaban, atacaban, defendían y argumentaban; aprendiendo y enseñando; todos al mismo tiempo, mientras los aprendices observaban ansiando que llegara el día de tener el derecho a tomar parte en las discusiones.

Esa forma peculiar de actuar los llevaba a superarse, a mejorar su sintaxis, gramática, uso de la ortografía; nadie quería ser víctima de nadie y todos estaban a la expectativa del más mínimo error para hacer escarnio de ello.

La dura relación entre estos “perros de pelea” les curtía la piel para pisar la calle sin temor alguno. Eran cínicos y hasta groseros con tal de obtener la información que querían y no les preocupaba; valía la pena por vivir en carne propia el orgásmico placer de la investigación exclusiva publicada “de ocho” al tiempo que calaba en los huesos el dolor inmenso de un fracaso informativo. Nadie buscaba ser héroe, todos ansiaban llegar, algún día, a ser considerado “maestro del periodismo”.

El oficio se abrazaba con pasión, se defendía con las acciones. Ello le ganó al gremio un respeto ante el resto de la sociedad, respeto que se extinguió conforme los cánones del periodismo se fueron olvidando o haciendo a un lado por comodidad, fatiga y falta de compromiso.

Quienes no tenían la actitud, el carácter, la personalidad; simplemente se daban media vuelta y se dedicaban a otra cosa; normalmente, a aquello que estudiaron. En algún momento pensaron que tenían derecho a estar ahí, usurparon una función que no les corresponde y se autonombraron no sólo reporteros, sino periodistas; mancillaron un título que se gana en las calles, no en las escuelas, y falsificaron el puesto: “licenciado en periodismo o comunicación”.

Se llenaron la boca de soberbia agrupándose en manadas débiles pero acuciosas de (auto) reconocimiento, primer muestra evidente de su falsedad; ansiosos de un trato privilegiado; comodones en las coberturas; chacales de la entrevista y voraces para la dádiva.

Sus vicios abrieron la puerta a peligros innecesarios cobijados por corruptelas cínicas. Vendieron su alma y la de los suyos. Bajo un pretexto ruin: “entre gitanos no nos leemos la mano” o “perro no come perro” se escudan y permiten unos a otros sus inmundas acciones, denigrando el oficio en cada una.

Profesión deriva de profesar. Profesar es ejercer; creer; sentir afecto, interés, perseverancia… enseñar. Eso es lo que era el periodismo, debemos buscar que vuelva a serlo.


@Mega_J_Israel_M

israel.martinez@milenio.com

lunes, 9 de agosto de 2010

¿Dónde perdimos el camino? / Columna

De medios y otros demonios


¿Dónde perdimos el camino?


J. Israel Martínez Macedo


El periodismo en México vive momentos de crisis, no sólo por la violencia que circunda el andar en la calle cubriendo los acontecimientos del día, también por la forma en la que los reporteros han perdido el respeto por una profesión que ha venido a menos en los últimos años.

¿Qué pasó?, ¿dónde perdimos el camino? Hace no muchos años no existían tantas escuelas de comunicación o periodismo, por lo que el oficio se aprendía de una sola forma: en las redacciones de los periódicos, estaciones de radio o canales de televisión.

Quien llegaba a solicitar una oportunidad en algún medio era considerado menos que nada, no era reportero ni redactor, corrector o editor. Si acaso comenzaba siendo un “Hueso”. El nombre era el grito que los reporteros lanzaban para avisarle a estos novatos que había un boletín que revolcar, una oportunidad para teclear la máquina y aprender a escribir.

El “Hueso” recibía, muchas veces, un trato agresivo; casi siempre, despectivo. Era el muchacho que iba a la tienda por las tortas o los cigarros, se le gritaba al momento de corregirle, se le rompían las hojas de lo que escribía justo en el rostro y se le exigía que lo hiciera de nuevo pero bien, no tenía voz en la redacción y si se atrevía a opinar simplemente era ignorado.

Parece cruel y vil, un trato que no cualquiera aguantaba pero si lo hacía, en algún momento, tendría la oportunidad de salir a la calle a buscar información y, con el tiempo, el derecho a ser considerado un reportero. Dicho de otro modo: ser considerado reportero era un derecho que debía ganarse.

La forma de aprender el oficio permitía, a quienes no tenían la actitud para este nivel de exigencia, abdicar a tiempo y dedicarse a otra cosa; quienes sobrevivían la experiencia salían a la calle listos para hacer valer su condición y luchar por un puesto de excelencia en su respectiva redacción y en el medio.

Contaban con mejor preparación porque sabían lo que se debe y lo que no se debe hacer al momento de reportear; tenían experiencia escribiendo en una máquina y redactando bajo la presión del tiempo.

Hoy los reporteros llegan a las redacciones vomitados de las escuelas por montones, creen saber lo que hacen porque se supone que se los enseñaron, enarbolan la bandera del nuevo periodismo aunque ni siquiera son capaces de manejar (ya no digamos dominar) el viejo; lo más lamentable: no respetan la profesión y hasta ven con malos ojos a quienes, formados en el estilo de la vieja guardia, tratan de hacerles notar su triste realidad.

En el colmo de los absurdos, los nuevos reporteros reclaman el derecho a ser tratados como reporteros porque egresaron de alguna universidad pero cuando se les exige que demuestren el nivel que dicen tener, lloriquean que sus jefes de redacción o información no se sientan a enseñarles lo que deben hacer ¿pues no se supone que ya lo saben?

Por eso los reporteros nuevos toleran los vicios, se les hace más fácil trabajar en grupo, llenar las páginas o los espacios informativos con declaraciones, no se animan a trabajar los género simplemente porque no saben cómo hacerlo y cuando lo intentan terminan entregando notas basura o, en el mejor de los casos, con información curiosa, que no periodística.

El periodismo moderno vive una severa crisis pero para salir de ella necesita repensarse, reinventarse, retomar aquello que funcionaba y mejorarlo. De lo contrario seguiremos viendo con tristeza cómo los reporteros se pierden en una inmensidad que, demuestran, no conocen.


israel.martinez@milenio.com

Leer esta columna en la página de Milenio.com

miércoles, 31 de marzo de 2010

¿Qué periodismo enseñar? / Columna

De medios y otros demonios


¿Qué periodismo enseñar?


J. Israel Martínez Macedo


En los últimos días se ha dado una discusión muy interesante entre algunas páginas de internet especializadas en periodismo sobre el futuro de la enseñanza del oficio en las universidades y escuelas de educación superior.

El tema no es menor pues involucra una situación sustancial de primordial importancia: ¿cuál es el periodismo que realizarán las generaciones futuras?

Aunque tangencialmente, un poco de esto se habló hace unas semanas cuando se denunció el acto de censura de la APVT hacia una fotografía en la exposición que se organizó para conmemorar el día de la mujer.

En aquella ocasión hacía notar que la preparación que las escuelas están dando sobre periodismo es mínima, en algunos casos, insuficiente para que los estudiantes enfrenten por sí mismos el trabajo informativo como reporteros y que; sin embargo, los egresados se presentan en las redacciones con la soberbia que no muestran ni quienes tienen décadas de experiencia.

Es cierto que en ocasiones nada tiene qué ver la formación profesional con este tipo de actitudes y que tampoco se trata de que las escuelas de comunicación no aporten elementos para el desempeño como reportero (lo hace notar Mónica Rámirez en los comentarios que hace a la columna en la página de Facebook y le concedo toda la razón).

Pero sí se trata de hacer un alto en el camino y analizar los resultados de este tipo de enseñanza, si es que hay alguna aportación positiva al ejercicio del periodismo y qué se necesita corregir para impactar de mejor manera en un oficio que trata de profesionalizarse sin saber a dónde lo puede llevar ese camino.

Las críticas son muchas, desde quienes exigen que los reporteros deben aprender a hacer mejor uso del lenguaje (en algunos casos basta con que conocieran algunas de las reglas mínimas de sintaxis y ortografía) antes de querer aplicar estilo literario en sus textos, hasta los que reclaman la necesidad de enseñar las ventajas y desventajas del periodismo 2.0 desde la licenciatura.

En las visiones futuristas existen las opiniones respecto a la inminente desaparición del periodismo de los currículos escolares contra las que señalan que continuarán pero derivarán en el análisis académico de la labor periodística más que en la enseñanza de cómo se ejerce el oficio.

La evolución de la sociedad, y con ella del periodismo, implica también la urgencia de modificar la forma de enseñar el periodismo en las escuelas, ¿hacía donde llevarla? Es una pregunta que debe responder cada una de ellas en aras de una distinción entre lo que cada cual puede ofrecer a sus futuros egresados.

La decisión que cada institución tome impactará de forma definitiva en la manera de hacer periodismo. Es evidente que limitarse a enseñar cómo identificar un género de otro resulta insuficiente para los tiempos corrientes. Deontología; periodismo de investigación, científico, 2.0, fotoperiodismo, entre muchas otras son necesarias para reforzar la capacidad de los egresados de enfrentar una realidad que cambia a velocidades vertiginosas.

La vieja forma de enseñar el oficio, en las redacciones y “a palos” debe tener cabida también en estos esquemas, después de todo, ha servido para crear a los grandes del oficio que, como dijera García Márquez, es el más bello del mundo.


israel.martinez@milenio.com

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"Silencio Forzado" Documental de Article 19 sobre la situación del periodismo en México

Documental El Tunel (Completo)

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