"Escribir sale del alma, los otros medios son aparatos, son máquinas"

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lunes, 12 de enero de 2015

El principio perdido / Columna

De medios y otros demonios

El principio perdido

J. Israel Martínez Macedo

Dos hechos nos tomaron por sorpresa a inicio de 2015, completamente aislados uno del otro, la muerte de Julio Scherer García y el ataque a las oficinas de la revista Charlie Hebdo nos obligan a la reflexión sobre el periodismo moderno y su papel en el quehacer social.
Sobre Julio Scherer mucho se ha escrito a partir de su muerte y mucho antes también. Más allá del mito creado en su entorno, de las múltiples aportaciones hechas al periodismo la más relevante es el ejemplo de lo que un periodista debe hacer cuando el gobierno trata de esconder o tergiversar los hechos.
En sus libros pero también en sus acciones, dejó claro que no se trata de una pugna por imponer un punto de vista contrario al gubernamental sino de presentar todas las ideas habidas posibles, aún si no se está a favor de ellas o si la perspectiva personal es totalmente contraria.
En público y en privado Scherer García hacía saber que podría no estar de acuerdo con los puntos de vista que publicaba en Excelsior y después en Proceso, pero que siempre pugnaría para presentarlos a los lectores quienes serían los encargados de tomar la última decisión.
En una época en la que aplaudir al gobernante en turno era la norma para continuar en el ejercicio periodístico, supo plantarle cara al poder y erigirse como un respiro de veracidad en un entorno repleto de verdades a medias contadas en notas simples, crónicas vacías y reportajes insulsos.
En el otro extremo del mundo un grupo de radicales islamistas asesinó a 12 personas que trabajaban en la revista Charlie Hebdo que hacía mofa constante de la imagen principal de esta religión.
En definitiva ninguna respuesta violenta puede ni debe ser aplaudida por muy justificada que se pretenda. El medio víctima de la agresión es conocido por sus insultantes caricaturas que no son otra cosa más que la expresión de opiniones y como tal deben ser consideradas.
Los puntos de vista diferentes son la esencia de las democracias, por ello las manifestaciones en contra de los ataques y del fundamentalismo en el que se sustentan son evidencia de lo que una sociedad comprende sobre la libertad de expresión.
Aunque las comparaciones sean odiosas, nos permite entender mejor el mundo en el que vivimos y lo que vemos en Francia es algo que nunca hemos visto en nuestro país a pesar de la cantidad de ataques a reporteros y medios.
A pesar del ejemplo de Julio Scherer, en los hechos, el periodismo mexicano no ha avanzado mucho respecto a su realidad de 1976; la respuesta de la sociedad francesa no es a favor o en contra del punto de vista del medio sino en defensa del derecho que tiene a decirlo.
Ahí radica el vínculo: se puede no estar de acuerdo en un punto de vista pero siempre debe ser posible expresarlo; era el principio de Scherer, es el principio perdido del periodismo mexicano.

@Mega_J_Israel_M
israel.martinez@milenio.com

domingo, 11 de abril de 2010

¿Por qué exigirle a Julio Scherer? / Columna

De medios y otros demonios


¿Por qué exigirle a Julio Scherer?


J. Israel Martínez Macedo


Fuera de toda proporción, la crónica del encuentro entre el periodista Julio Scherer García y el narcotraficante Ismael “Mayo” Zambada, presentada por el semanario Proceso en su edición de la semana que concluye, causó un gran revuelo en los medios a nivel mundial.

El diario español, El País, publicó un artículo firmado por la directora del departamento de Comunicación de la Universidad Iberoamericana, Gabriela Warketin, dedicado a la publicación; la reflexión es de vital relevancia y su cierre brutalmente cierto “Y todos, todos nos vimos en el espejo”.

La imagen de Julio Scherer en el periodismo es mítica. Su historia al frente de aquel Excelsior que hacía honor a su nombre y la forma en que, junto con otros no menos connotados de este oficio, dio vida a Proceso le han granjeado una imagen muy particular en el medio.

Irreprochable actitud al aceptar la entrevista. ¿Quién que se diga reportero -ya no digamos periodista- se negaría a una oferta de tal magnitud? La posibilidad de tener cara a cara a un entrevistado así no se presenta todos los días y debe aprovecharse.

Zambada buscó a Scherer porque quería conocerlo, no porque deseaba darle una entrevista, posiblemente para enviar un mensaje. ¿Capricho de narco o intención velada? El periodista accedió esperando, deseando, lo que todos en su lugar: la entrevista del año.

Como la situación ameritaba, aceptó los términos de la reunión. La clandestinidad estaba sobreentendida.

Uno y otro se reconocieron, entablaron la conversación, la que no pasó de eso: una plática, una charla, si se permite la expresión, “de café”.

Más allá, nada.

Pudo haber sido y no fue.

La entrevista se perdió ante un entrevistado que tuvo el control de la situación desde el primer momento, desde el punto en que fue él quien propició la reunión.

El reportero de mil batallas se reveló a sí mismo impresionado, impactado por la forma en que se mueve ese universo del narcotráfico. Precisó su observación respecto a la pérdida de voluntad por parte de su acompañante, aquel que lo llevó de principio a fin ante Zambada, aquel que no hizo más que obedecer órdenes.

Así lo narró, lo presentó en el texto. Palabra por palabra, frase por frase Julio Scherer dejó evidencia no sólo de lo que ocurría sino también de lo que sentía.

Ñañaras, emoción, acaso temor o impaciencia. El periodista dejó en su relato el aroma lo que el momento, la situación, las historias de cómo opera la delincuencia organizada en México le hacían sentir.

Obligado por la profesión, intentó preguntar, realizar la entrevista soñada. No pudo, el narcotraficante dijo lo que quiso decir, rechazó hablar de lo que le causaba malestar. Derecho del entrevistado, cierto, pero obligación del periodista: la repregunta, ¿dónde quedó la repregunta?

Sobrados fueron los comentarios durante la semana. Fans evidentes y detractores declarados dieron su punto de vista. Coincidencias y desavenencias inundaron cada espacio de expresión. Desde los medios tradicionales hasta los más recientes, Julio Scherer fue el tema y con ello víctima de su enseñanza, de su influencia en este oficio: el reportero no es la nota.

Habría espacio para el reclamo: “Todos mienten, hasta Proceso. Su revista es la primera, pero también miente”. El narcotraficante disparó directo al corazón del orgullo del periodista y no hubo ráfaga de respuesta. Por primera vez en lo que se conoce de ese tema, no la hubo.

Originó un debate como pocas veces ocurre. Cuestionarse sobre la labor periodística en México es poco común porque se prefiere evitar el tema, “verse en el espejo” no es algo que el periodista acostumbre, al contrario incomoda.

No se cuestiona la trayectoria, esa está respaldada por la historia. Deseable cuestionar ante uno de los pocos que puede dar respuesta cierta: ¿por qué matar periodistas por hacer su trabajo: informar? Preguntas esperadas que nunca llegaron, que no se escribieron, que nunca ocurrieron. Eso es lo que se reclama y critica, lo que se debe exigir a un periodista de la estatura de Julio Scherer, porque a final de cuentas es lo que se debe exigir del periodismo mexicano.


israel.martinez@milenio.com

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